Hubo un tiempo, tan lejano que ha pasado con creces el medio siglo, que nuestros padres pasaban sed. Entonces, en lugar de lamentarse y ponerse en manos de la providencia divina, nuestros padres comenzaron a buscar un lugar adecuado donde construir una presa de cuyas aguas pudieran abastecerse. Por fin hallaron el lugar detrás del monte Abantos, e inmediatamente después instaron a las autoridades municipales a que con el dinero de sus impuestos compraran los terrenos y se pusieran manos a la obra. Tras duros años de trabajo, durante el transcurso de los cuales hubo que invertir tanto esfuerzo como dinero en levantar el dique, el pueblo de San Lorenzo de El Escorial comenzó a tomar las aguas embalsadas en la presa del Tobar, a través de una conducción subterránea que atravesaba todo el monte Abantos. Entonces nuestros padres dejaron de pasar sed y se convirtieron en propietarios de agua.

Muchos años después, los munícipes que rigen nuestros destinos decidieron proveer para las arcas municipales a cambio de malvender las aguas. Y con el tiempo pasó lo que suele pasar cuando se deja la vida o la hacienda al albur de las decisiones de unos incapaces: que ahora los vecinos nos vemos obligados a pagar el agua al mismo precio que la pagan los habitantes de aquellos pueblos que no son propietarios del agua porque sus ancestros prefirieron cruzarse de brazos antes que rascarse el bolsillo y encallecerse las manos construyendo una presa. Pero insatisfechos con el desmán cometido, una vez blindados sus sueldos y los de sus correligionarios, los actuales dirigentes del gobierno municipal incrementan nuevamente las tasas de abastecimiento de agua, haciéndonos pagar así los desmanes e incompetencias de los que día tras día son tristes protagonistas.

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