San Lorenzo

La figura de nuestro Santo Patrón está estrechamente ligada al Monasterio, bajo cuya advocación fue puesto por su fundador el rey Felipe II. Aunque mejor hubiera sido decirlo a la inversa, es decir que es el Monasterio el que está estrechamente ligado a la figura de San Lorenzo, pues es el cuadro de su planta el que reproduce con exactitud el instrumento de tortura al que éste fue sometido. El nudo gordiano que une santo y monasterio son dos fechas de días consecutivos pero de diferente siglo, 10 de agosto de 258 y 11 de agosto de 1557, en las que se produjo el martirio de San Lorenzo y la batalla que puso fin al asedio de la ciudad francesa de san Quintín respectivamente (las tropas de Felipe II, comandadas por el general Filiberto de Saboya, acabaron con los veinte mil infantes y los seis mil hombres a caballo que acudían, comandados por el condestable Montgomency, en auxilio de la ciudad asediada).

Sin embargo, como lo que pasado mañana, 10 de esos, se celebra en nuestra localidad son las Fiestas Patronales en honor a San Lorenzo y no la victoria en una batalla, estas líneas tienen por único objeto honrar la figura del Santo Patrón.

Quien más, quien menos, estará al corriente de lo que la tradición nos ha transmitido acerca de las circunstancias que se dieron durante el martirio de San Lorenzo. ¿Quién no ha escuchado en alguna ocasión que el patrono de los pobres, los diáconos y los mineros fue asado vivo sobre una parrilla, o aquella su jocosa invitación al verdugo a que le diera la vuelta para que pudiera tostarse por el otro lado? Pero días antes de que se atormentara a San Lorenzo, también se dieron otras circunstancias no tan conocidas pero asimismo dignas de mención.

Resulta que en el siglo III el emperador Valeriano había emprendido una feroz persecución contra la jerarquía eclesiástica: Pontífice, obispos, presbíteros y diáconos. Y resulta también que por entonces, año 258, San Lorenzo era el protodiácono de la Iglesia de Roma, o sea el principal encargado de administrar los bienes terrenales de la misma, así como de socorrer a los pobres, a los enfermos y a los menesterosos. La persecución de Valeriano fue despiadada, llegando incluso a cobrarse la vida de la máxima jerarquía eclesiástica: el Papa Sixto. Ya con la Iglesia descabezada, el emperador romano fijó su atención en las inmensas riquezas que poseía la Iglesia, para cuya administración ésta había constituido el cuerpo de los diáconos, siete en total, siendo San Lorenzo su jefe. Era éste un cargo tan importante que podía considerársele, no sin fundamento, probable sucesor del Pontífice.

Cuando Valeriano hizo ver a San Lorenzo su intención de apropiarse de todos los bienes de la Iglesia, el encargado de su custodia respondió: «Es rica, sí, la Iglesia, no lo niego. Nadie en el mundo es más rico que ella. El propio emperador no tiene tanta riqueza como la Iglesia tiene. No rehúso entregársela; déseme un plazo siquiera breve para reunir e inventariar caudal tan copioso y precioso como Cristo atesora».

A continuación San Lorenzo pidió al emperador un lapso de tres días para reunir todo el tesoro que se le pedía como supremo administrador. Sin embargo, no pensaba ofrecer oro, ni plata, al funcionario imperial enviado a recibir la entrega. El tesoro de la Iglesia, el más copioso y precioso, era muy otro…

A los tres días señalados, tenía recogidos San Lorenzo a todos los pobres de Roma: el mayor tesoro de Jesucristo. Ante los ojos del funcionario romano se agolpaba una multitud de desarrapados: ciegos, sumidos en trágicas tinieblas; viudas y huérfanos, enflaquecidos por el hambre; cojos, con su cayado y su paso vacilante; leprosos, con vendajes mugrientos cubriendo las úlceras; lisiados, de manos encanijadas y piernas atrofiadas; en fin, toda una hueste de desamparados se encontraba ante la atónita mirada del delegado del césar.

El delegado del césar increpó a San Lorenzo por su conducta, considerada por él como el más grande de los insultos, y a continuación le anunció los peores tormentos. Así, mandó que trajesen a su presencia todos los instrumentos que solían servir para atormentar a los mártires, y haciendo que San Lorenzo los reconociese, le dijo: «Una de dos: o resuélvete a sacrificar inmediatamente a los dioses, o disponte a padecer tú solo mucho más de lo que han padecido hasta aquí todos juntos cuantos profesaron tu infame secta».

«Vuestros dioses, respondió San Lorenzo, ni siquiera merecen aquellos vanos honores que se tributan a los hombres; ¿cómo quiere que les rinda adoración? Hacen poca fuerza estos instrumentos de la crueldad a quien no teme los tormentos; y espero en la gracia de mi Señor Jesucristo, que la misma intrepidez con que los tomaré será la mejor prueba de lo que puede aquel único y verdadero Dios a quien adoro».

Cuando estas palabras llegaron a los oídos del césar, éste hizo llevar a su presencia al protodiácono. Convencido de la imposibilidad de torcer su voluntad, nada más verle le hizo saber que iba a acabar con su vida. «Yo tengo entendido que la muerte es para vosotros los cristianos apetitosa. La tendrás. Podrás saborearla con delectación. Te moleré en blando tálamo de ascuas», le dijo. E invocando al Dios pagano, añadió: «Ya me traerás noticias de Vulcano. Entonces dispuso que San Lorenzo fuese tostado a fuego sobre una parrilla.

Y así fue como, el 10 de agosto del año 258, San Lorenzo fue extendido cual largo era sobre una parrilla de hierro encendido al rojo; debajo de la cual tendieron un lecho de ascuas que de cuando en cuando iban avivando para que el cuerpo del santo se fuera asando muy lentamente.

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