El lenguaje ha sido siempre una valiosa herramienta política que la clase dirigente ha modelado a su antojo con el fin de perpetuarse en el poder. La perversión del lenguaje es un mecanismo del que se sirven los políticos que rara vez van de frente: los amigos del subterfugio y la falacia. Con la perversión de las palabras se intenta crear la confusión conceptual necesaria que impida a la mayor cantidad de gente posible discernir entre ficción y realidad. No es lo mismo decir «emigración» que «movilidad exterior», aunque el resultado sea exactamente el mismo: España pierde una o varias generaciones en beneficios de otros países. Sólo existe lo que tiene nombre, pero cambiando o modificando el nombre de las cosas se puede lograr ocultar, disfrazar o disimular la realidad. Los que antes afeaban al ex presidente Zapatero su intento de ocultar o negar una realidad cambiando su nombre («Interrupción voluntaria del embarazo», «proceso de paz», «política de regularización inmigratoria», «desaceleración económica…) son los mismos que hoy pervierten el lenguaje en beneficio propio. Exactamente es ese el caso de Fátima Báñez, quien ha llamado «movilidad exterior» a lo que es simple y llanamente «emigración».

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