El escándalo de corrupción en el que se ha visto implicado Luis Bárcenas, el ex tesorero del Partido Popular, no ha sido un capítulo más de la lamentable serie de episodios con los que nos lleva “deleitando” la clase política desde hace años. Es muy probable que los 22 millones y la cuenta bancaria en Suiza marquen un antes y un después porque, si ya la confianza de los españoles en los políticos era casi inexistente, ahora ya no habrá ninguna razón firme para continuar justificando el apoyo a personas y formaciones cuya moralidad es conocidamente inexistente.

Hay que destacar de todo este asunto que el escándalo de corrupción y tráfico de influencias en el que se ha visto salpicado el Partido Popular ha conseguido que la crisis económica haya dejado de ser el principal tema de conversación. Y es que antes los políticos podrían ser igual de corruptos que ahora, pero la indignación que provocaban esos escándalos no duraba más de un tiempo que variaba en función de si el presunto corrupto era un concejal o un alto cargo. ¿Qué ha cambiado desde entonces hasta ahora?

Lo que mayor malestar ha causado entre los españoles ha sido que el Partido Popular ocupe el Gobierno de España, desde donde está castigando con subidas de impuestos y recortes sociales a la sociedad española, y su cúpula directiva haya estado enriqueciéndose de esa manera durante todos estos años. Y si a la ruina económica del país le añadimos que desde el Partido Popular no se han preocupado ni lo más mínimo por aliviar sus efectos de los bolsillos y de las vidas de los españoles, el motivo de la indignación está muy claro.

La situación de crisis económica también invita a una interesante reflexión sobre el caso Bárcenas. Imaginemos que en España no hubiera seis millones de parados y que siguieran construyéndose casas por toda nuestra geografía mientras hasta el más tonto es capaz de conseguir una hipoteca a pagar en cuarenta años y un préstamo considerable para poder adquirir un vehículo de gama alta. En esa España idílica de despilfarro y despreocupación que algunos añoran, ¿habría sido posible un malestar tan general entre la sociedad en un acontecimiento como el del caso Bárcenas?

La propia clase política está demostrando que ninguno de ellos pueden ser etiquetados como “mal menor”. La corrupción, el amiguismo y el tráfico de influencias son términos inseparables de la democracia liberal. Lo único positivo que se podría sacar de todo esto es que los españoles aprendieran la lección y castigaran a la clase política no legitimando en las urnas a los miembros de formaciones sobradamente conocidas por vivir a costa de la sociedad. Confiemos en que el español medio no olvide todo esto si algún día, por milagros de la providencia o por reajuste del sistema capitalista, pasamos de una crisis económica a una época de bonanza.

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