Nieto, hijo y sobrino de constructores, la cultura del ladrillo corre por las venas de José Luis Fernández-Quejo cual torrente incontrolable. Como las aguas bravas de un río de los Pirineos en época de deshielo.

Así, durante lustros, con el viento a favor hinchando las velas, el susodicho José Luis Fernández-Quejo, alcalde de San Lorenzo de El Escorial, a pesar de los pesares, dio rienda suelta a sus impulsos naturales contribuyendo desde el ayuntamiento al crecimiento de la burbuja inmobiliaria –ésa que se ha llevado por delante la economía española y la de millones de familias– llevando a cabo una política financiera basada en la recalificación y posterior venta de suelo público, es decir que primero recalificó y luego vendió lo que era de todos los vecinos, al precio que marcaba las leyes del mercado (se supone), para con las ganancias prestar a los contribuyentes una serie de servicios (previo pago de su importe, naturalmente) sobre los que el ayuntamiento tenía la competencia exclusiva. Todo ello sin que le importara un ápice que la proliferación del ladrillo trastocara la armonía arquitectónica del núcleo urbano y distorsionara la estética paisajística del entorno natural.

Ahora, cuando pintan bastos, cuando apenas quedan unas hectáreas de suelo por malvender, cuando no queda nadie dispuesto a comprar, la política financiera que desde el ayuntamiento lleva a cabo el alcalde consiste, principalmente, en que cada uno se pague lo que usa, en recaudar a base de esquilmar al contribuyente –sometiéndolo a unos impuestos, unas tasas, unos precios públicos y unas tarifas municipales tan injustos, arbitrarios y abusivos que han experimentado, sólo en los últimos seis meses, un incremento proporcional a la disminución que han sufrido las rentas familiares de muchos vecinos–, en reducir las jornadas laborales y los sueldos de un buen número de empleados municipales, y en externalizar servicios básicos para la vida diaria de los vecinos, cuya gestión debería ser de la exclusiva competencia del ayuntamiento (agua, basuras, iluminación, alcantarillado, parking…).

Y es que hoy por hoy dedicarse a la política en España consiste en vivir unos cuantos años vendiendo lo que no es tuyo y convenciendo a tus votantes de que lo haces por su bien. Cómodamente rodeados de los privilegios que conlleva el cargo, los políticos profesionales se pasan el resto de sus vidas erigiéndose en defensores de gatos, perros y apaleados, siempre y cuando no tengan que llevárselos a su casa, y durmiendo a pierna suelta, exactamente como otros no podrán hacerlo nunca aun cuando se hayan dejado la piel en el tajo.

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